
Desatorador, performance intervención, 1990—2005—2020.
Emilio Santisteban
Artista de performance duracional
Desatorador (1990-2020)
Desatorador es una performance de larga duración que se despliega en tres momentos de actividad intensiva separados por períodos de quince años de inactividad. El instrumento central es un desatorador sanitario convencional que el artista utiliza como herramienta performativa durante jornadas completas de tres días consecutivos. El cuerpo del artista recorre la geografía de Lima Metropolitana, aplicando el desatorador sobre su propio pecho, sobre la casa paterna (en 2020) y sobre las fachadas de instituciones representativas del poder estatal, financiero, comercial, mediático y cultural. El esfuerzo físico de la caminata prolongada, la repetición del gesto de succión y la acumulación de movimientos constituyen la materialidad visible de la obra. La performance se realiza en espacios públicos urbanos ante transeúntes, empleados y ciudadanos que presencian la acción sin previo aviso. El instrumento doméstico de limpieza se transforma en objeto de intervención política mediante su uso sistemático en contextos de poder institucional.
La obra aborda la responsabilidad ciudadana en la corrupción política y social del Perú mediante una ritualidad que no se vale de una ingenua purificación simbólica como solución. Desatorador desmiente la ilusión de que los gestos individuales pueden limpiar estructuras sistémicas de obstrucción política, cultural y social. La performance expone la persistencia de lo obstruido a través de la reiteración intergeneracional: cada ciclo de quince años revela que la corrupción permanece, que el conjuro no funciona, que la responsabilidad ciudadana no puede ser performada sin complicidad. La obra dialoga con la historia política peruana, con la tensión entre la communitas que podría surgir de la acción colectiva y la culpabilización que desplaza responsabilidades hacia otros actores.
La materialidad del desatorador como instrumento doméstico establece una metonimia directa entre la obstrucción de sistemas sanitarios y la obstrucción política del país. El cuerpo del artista como sitio de succión no limpia sino que se contamina, absorbiendo la corrupción que pretende extraer, lo que encarna la imposibilidad de purificación mediante una acción individual. Los períodos de quince años de inactividad no son pausas sino componentes estructurales de la obra, metonimias de la inercia ciudadana histórica que permite la persistencia de la corrupción. La caminata prolongada por instituciones específicas transforma el espacio urbano en mapa de poder, haciendo visible la geografía de la dominación mediante el movimiento corporal. El gesto repetido de golpear el émbolo contra el pecho establece una identificación entre el cuerpo ciudadano y el cuerpo político, sugiriendo que la responsabilidad no es externa sino encarnada. La evolución de la performance a lo largo de treinta años, con cambios en procedimientos y participación, demuestra que la forma misma es diacrónica, que el significado persiste mientras la ejecución se transforma.
Desatorador se relaciona directamente con Señal, otra performance de larga duración que también rechaza el corporalismo estésico predominante en la academia de la performance en arte. Mientras Señal realiza una resistencia espiritual silenciosa dentro de la arquitectura del poder económico global mediante el gesto de la cruz, Desatorador asume responsabilidad estatal por la corrupción política mediante procedimientos de intervención urbana. Desatorador también dialoga con Minombre, que transforma el cuerpo individual en cuerpo colectivo y social, pero mientras Minombre asume responsabilidad por desapariciones forzadas mediante procedimientos jurídicos, Desatorador cuestiona la eficacia de la responsabilidad ciudadana mediante la reiteración fallida. La evolución de Desatorador hacia la participación colectiva en 2020, mediante la "Carta Poderosa", anticipa la dimensión colaborativa que caracteriza otras prácticas del artista.
Desatorador constituye una intervención performativa que rechaza tanto la ilusión de purificación política como la complicidad con la impotencia ciudadana. La obra no propone soluciones sino que expone la persistencia de lo obstruido mediante la reiteración sistemática de un gesto que no limpia. Su valor reside en la honestidad de esta exposición, en la negativa a ofrecer esperanza falsa o catarsis estética. La performance demuestra que la acción artística puede ser crítica sin ser narcisista, política sin ser propagandística, corporal sin ser estésica. La duración de treinta años, los períodos de inactividad y la evolución gradual de procedimientos establecen que la obra es un proceso histórico encarnado, no un objeto terminado. Desatorador permanece como testimonio de la responsabilidad intergeneracional en contextos de corrupción sistémica, rechazando la ilusión de que el arte puede resolver lo que la política no resuelve.
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Foto © Carola Requena 1990
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Foto © Sergio Urday 2005
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Foto © Sergio Urday 2020
Iniciada en 1990 y concluida en 2020, Desatorador constó de tres actividades separadas por dos períodos de quince años de inactividad. Su performatividad se halla en una ritualidad mínima que instaura, en lo público, el sentido de una rutina doméstica de higiene para conjurar una suerte de limpieza ética en los vínculos entre sociedad civil y estado.
En las actividades, que tienen una duración de tres días de jornada completa, caminé por la gran Lima Metropolitana con un desatorador sanitario que constituye el instrumento intermedio del performativo que enuncia la performance, procediendo con él a succionar mi pecho (la ciudadanía), la casa paterna (en 2020) y las fachadas de edificios representativos de poderes estatales, entidades de control y ejecutoras sectoriales, empresas financieras, industriales, comerciales, de servicios, mediáticas y culturales, asociaciones comerciales, organizaciones políticas y no gubernamentales, iglesias, institutos de educación superior y universidades, así como de las fuerzas del orden.
El esfuerzo de caminar largamente durante días enteros, el desatoro sobre el propio pecho, y la reiteración permanente de la acción señalan la responsabilidad que cada generación de ciudadanos de a pie tiene en la cultura política y cívica del país desde el propio hogar hasta las más altas esferas del poder.
Un rasgo de communitas, aunque pálido, puede asomar en sentimientos de complicidad que puedan surgir entre los transeúntes, ante la elocuencia de performar una desobstrucción social, cultural y política. Está presente también el riesgo de la simbolización infortunada, del desentendimiento ciudadano al culpabilizar a otros de aquello —llámese subdesarrollo, inequidad, ineptitud, dificultad, corrupción, etc.— cuyo desatoro se conjura en la actividad. En la tensión entre ambas, communitas y culpabilización, se halla la lucha entre performance e infortunio a cada paso, entre estación y estación de la conducta desatoradora. Y es allí que se encuentra el drama.
Por otra parte, los períodos de inactividad se disuelven en cierta inercia ciudadana histórica, lo que hace de cada actividad un re-intento intergeneracional de subvertir, mediante un conjuro, el fracaso de nuestra sociedad política.
[MADE IN] Latinoamérica. Cuerpo Político: Territorio: Identidad (2026). R. Boliver, T. Bruguera, L. Clark, M. T. Hincapié, M. Opazo, F. Pertuz, G. Rabanal, E. Santisteban, L. Wolffer. MA Museum Studies Universidad de Bonn, Archivo Internacional de Performance de Colonia. Comisariado de Julia Krings y Esteban Sánchez. Fragmento de entrevista por Eugenia Budrevich
Eugenia Budrevich
Una de sus performances más importantes Desatorador 1990 - 2020, la cual usted repite en otra época, tiene un elemento central: el émbolo. Dicho elemento, como eje de esta obra, ¿mantiene su significado a lo largo del tiempo o puede cambiar con el paso de los años?
Emilio Santisteban
El émbolo en Desatorador tiene siempre el mismo sentido. Este es, precisamente, diacrónico porque, además de producir una metonimia en la que cada institución reemplaza las heces atascadas en un sistema sanitario defectuoso, se trata del mismo émbolo a lo largo de los treinta años que transcurren desde que inicié la performance hasta que la di por concluida. Evidentemente, yo he cambiado -y mucho- no solo en el aspecto físico, sino también en aspectos cognitivos, modos de entender la vida y mi condición de ciudadano en la sociedad peruana. Asimismo, han evolucionado los pasos del procedimiento performativo. En 2005, por ejemplo, añadí el gesto de golpear el émbolo contra mi pecho y usé un uniforme de trabajo obrero; en 2020 incluí la participación de personas que me acompañaron llevando su propio émbolo para desatorar instituciones a su libre elección. Además, la participación de personas mediante mi cuerpo como cuerpo anfitrión. Para ello, emplearon el instrumento de la “Carta Poderosa”, una nueva forma de la carta poder, usualmente conocida en el ámbito legal para otorgar a unas personas facultades de ejercicio legal en plena representación de otras. Esos son cambios que marcan una evolución gradual de la performance, pero con respecto al émbolo original de 1990, y que continúa “trabajando” en 2005 y 2020, considero que sigue significando lo mismo desde que inicié esta obra. De hecho, ese émbolo es metonimia del camino que recorren las generaciones, por relevo unas a otras, en la lucha persistente, por un lado, y, por otro, respecto al problema de la corrupción.
Ahora bien, debo aclarar que Desatorador no se “repite” en 2005 y 2020, sino que continúa haciéndose a lo largo de treinta años, porque concebí esta performance como una en la que no sólo hay movimiento o cierta actividad -las tres veces que salgo a la calle a desatorar durante tres días- sino que también incluye en sí misma, en su propio procedimiento performativo, los enormes períodos de quince años de inactividad, metonimias del conformismo ciudadano que da treguas enormes a la corrupción social del país.
EB
Sus actuaciones y objetos artísticos están directa o indirectamente relacionados con la historia moderna del Perú. Desatorador 1990 - 2020, por ejemplo, mostraba aspectos de la situación política de los últimos 30 años de la sociedad peruana. Hoy en día se está viviendo un nuevo momento histórico que, probablemente, puede cambiar el futuro del país. ¿Tiene intención de repetir esa performance, o considera que otro capítulo de la historia peruana requiere una actividad distinta?
ES
Cuando concebí Desatorador -en momentos en que estaba de vacaciones entre mi penúltimo y último año de estudios de arte- la pensé con dos periodos de inactividad dequince años cada uno, y tres periodos de actividad de tres días, respectivamente.
Entonces, pensaba en el relevo generacional y, por ello, consideré importante la distancia de quince años entre actividades y el número predefinido en tres, por ser indispensable para constituir la idea de continuidad. En efecto, soy miembro de una generación que ha actuado en dicha performance ya en tres de sus edades. Pienso que, si Desatorador continuase evolucionando, sólo debería proseguir en caso de que los jóvenes decidieran de forma espontánea darle continuidad, sin intervención ni sugerencia mía.